María Inés Franck: construir escuelas protectoras de la infancia

La prevención de abusos desde la escuela requiere, entre otras cuestiones, darles herramientas a los niños y niñas para que sean más autónomos, para que sepan comunicarse e identificar referentes adultos de confianza. El principio fundamental: poner al niño en el centro.

 

María Inés Franck es licenciada en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales, abogada y diplomada en Protección de los Menores por la Universidad Pontificia de México y la Ponti­ficia Universidad Gregoriana. Autora de varias publicaciones sobre el tema, coordinará el curso “Escuelas protectoras de la infancia. La prevención de abusos en contextos educativos”, que comenzará a dictarse el 12 de abril en la plataforma de Integralis.

El curso busca capacitar sobre la prevención de esta problemática a docentes y directivos de instituciones educativas. Apunta a dotar a las escuelas de pautas preventivas frente a riesgos relacionados con el abuso y el maltrato, a partir de criterios aceptados internacionalmente. Sobre esas cuestiones conversó Franck con Agenda Educativa.

–¿Cómo es una “escuela protectora” de la infancia?

–Es un concepto amplio. Hace unos años se pensaba que la protección era una tarea eminentemente negativa: evitar daños, tomando determinadas precauciones. En los últimos años se ha avanzado en un concepto de protección “inespecífica” o positiva. Por ejemplo, que en nuestros ambientes la gente se trate bien, que el buen trato sea cultura. Sabemos que el cuidado de los niños es responsabilidad de los adultos y que uno no puede cargar sobre los niños la responsabilidad de cuidarse a sí mismos. Pero sí podemos enseñarles pautas generales para que sean más autónomos, para que sepan comunicarse, para que identifiquen a sus adultos de referencia en quienes confiarían si tuvieran algún problema, para que sepan que siempre pueden hablar y contar lo que les pasa, para que ellos se traten bien entre sí y aprendan a resolver conflictos de manera pacífica, para que aprendan a hablar con asertividad. Son pautas generales, que no sirven específicamente para prevenir un abuso, pero que ante cualquier situación adversa, permiten reaccionar y poder protegerse a uno mismo. No se trata de asustar al niño, sino de darle pautas generales positivas para la vida. La Organización Mundial de la Salud las llama “herramientas para la vida”.

Con eso uno hace prevención. Si el niño es autónomo para vestirse, para higienizarse y para el manejo de su cuerpo, tiene menos riesgo por ejemplo de ser víctima de un abuso sexual. Cuando el niño sabe comunicarse y sabe que tiene adultos que lo quieren, lo cuidan y van a responder por él, eso también es una pauta protectora.

En el curso apuntamos a las dos cosas: que las escuelas tengan un armado de protocolos y pautas, cómo actuar frente a una situación así, qué contenidos los niños deben aprender para cuidarse y manejarse de manera autónoma, y las pautas positivas que apuntan a darles a los niños y niñas herramientas para la vida. Una escuela protectora trabaja todo eso. Sus directivos y profesores están embebidos en esto y lo hacen cultura.

Sabemos que el cuidado de los niños es responsabilidad de los adultos y que uno no puede cargarla sobre los niños. Pero sí podemos enseñarles pautas generales para que sean más autónomos

María Inés Franck

–¿Cuál es el objetivo del curso?

–Está dirigido a docentes y directivos de escuelas. El tema es cómo la escuela maneja la prevención de abusos. Si bien gran parte de los abusos se dan en el ámbito extraescolar, generalmente en la familia o el ámbito más cercano al niño, también pueden darse situaciones de abuso en la escuela, de un adulto hacia un niño, o de violencia entre pares (bullying y ciberbullying). La escuela indudablemente tiene una función protectora de los niños, así como tiene la responsabilidad de prevenir los daños y de reaccionar eficazmente de acuerdo con las leyes y protocolos vigentes.

El curso tendrá distintos profesionales que van a intervenir en las clases virtuales: psicólogos, abogados, profesionales de otros países. Hay un módulo optativo para escuelas católicas, porque la Iglesia también tiene su sistema de protección.

–¿Qué principios deberían primar en una buena intervención escolar frente a estas situaciones?

–El primer principio es poner al niño y sus derechos en el centro de la atención. Desde hace unos años hay un cambio de paradigma que justamente coloca a la infancia como una etapa en sí misma con sus necesidades y sus características, y que exige poner en el centro al niño y no al adulto. Eso parece obvio, pero no lo es tanto cuando ocurren situaciones difíciles y hay que llevarlo a la práctica. Como uno es adulto, autorreferencialmente suele cambiar el eje. Hay que hacer un esfuerzo por poner el eje en el niño y pensar cómo protegerlo a él en primer lugar.

Un segundo estándar es conocer y aplicar correctamente la normativa vigente: las leyes, los tratados internacionales, en este caso la Convención de los Derechos del Niño, los protocolos locales.

En tercer lugar, tener a todo el personal capacitado. Aquellas personas que van a ocuparse de estar con niños permanentemente tienen que tener una cierta idoneidad, y eso la escuela debe chequearlo. Pero además, deben estar capacitadas en estas cuestiones de prevención y protección de la infancia.

En cuarto lugar, protocolos que ayuden y no revictimicen. Es bueno que la escuela tenga su propio protocolo de acción porque los problemas que ocurren en la escuela tienen matices propios con respecto a lo que puede ocurrir en un club de fútbol, en una parroquia o en otro lugar. Con mucho cuidado de que ese protocolo ayude, que se inserte dentro de la legislación nacional, provincial y local, y sobre todo, que la aplicación del protocolo no revictimice al niño. A veces pasa algo difícil y el protocolo dice que hay que interrogar. No, el protocolo tiene que evitar todo tipo de medida que implique hacerle más difícil la situación al niño: eso es la revictimización. Hay que saber cuáles son los dispositivos que ya existen, quiénes van a intervenir si ocurre una situación difícil. Puede ser que intervenga el Poder Judicial, la defensoría de menores, trabajadores sociales, psicólogos, y la escuela no puede sumarse de manera victimizante. Un protocolo tiene que ayudar al niño, no dejar tranquila la conciencia de los adultos. En esto consiste el cambio de foco.

El primer principio es poner al niño y sus derechos en el centro de la atención. Eso parece obvio, pero no lo es tanto cuando ocurren situaciones difíciles y hay que llevarlo a la práctica

María Inés Franck

–¿Qué indicadores deberían llamarle la atención a un docente en el aula?

–Hay muchísimos indicadores que podríamos mencionar. El primero es el relato del niño: no es una prueba, pero casi. Ahora bien, no siempre los chicos te cuentan lo que están atravesando. Entonces entran a jugar otros indicadores. El primero es un cambio general en el niño. Los niños y niñas cambian, atraviesan distintas etapas de desarrollo y es lógico que cambien. Pero estoy hablando de un cambio absolutamente general y brusco que llama la atención, que no se desarrolla gradualmente. Ejemplo: era un chico alegre y simpático, y de golpe no quiere hablar con nadie, no sale a los recreos. Le iba fantástico en las materias y de golpe cayó en picada en todos sus resultados. Tenía buen carácter y se volvió agresivo. Claro que un cambio general no implica necesariamente que haya habido un abuso; puede pasar otra cosa.

Hay cambios directamente vinculados con el maltrato y la negligencia: un niño que va al colegio sin asearse repetidamente, o con la ropa rota. En cuanto al abuso sexual, es un indicador un conocimiento de la genitalidad adulta que es anómalo para la edad. Eso suele ser una alerta roja. Los chicos tienen sexualidad, pero no es igual que la adulta. Cuando el niño empieza a manejar parámetros de genitalidad adulta –que puede expresarse en los dibujos, en los juegos, en cómo se relaciona con los demás–, eso es un llamado de atención. Obviamente el docente no es especialista en esto, no es psicólogo ni perito, pero sí puede observar a ese niño y, llegado el caso, hacer una consulta con un especialista o llevar su preocupación ante las autoridades de protección del menor. En Argentina, ante cualquier situación de riesgo que pueda vulnerar los derechos de los niños, las niñas y los adolescentes, la ley dice que es obligatorio comunicarla a las autoridades de protección de la infancia. Eso no significa una denuncia penal: es una comunicación para que esas autoridades investiguen y, si hay que hacer algo, lo hagan.

En Argentina, ante cualquier situación de riesgo que pueda vulnerar los derechos de los niños, niñas y adolescentes, la ley dice que es obligatorio comunicarla a las autoridades de protección de la infancia

María Inés Franck

–¿Todas las escuelas deberían tener su propio protocolo?

–Hay escuelas que lo tienen y otras que no. Es difícil hacer un protocolo, no es sentarse y escribirlo. Hay provincias que en sus direcciones de escuelas o ministerios de salud tienen protocolos para las escuelas, y las instituciones se manejan directamente con eso, lo cual está bien si les sirve y les funciona. Un protocolo es importante porque es un elemento de capacitación. No es algo absolutamente rígido que se aplique de la misma manera para todos los casos. Los casos son infinitos, y a veces habrá que flexibilizar un poco. Porque el primer principio es que el niño tiene que estar en el centro: no puede ser el centro el protocolo mismo, sino que es instrumental para proteger a los niños.

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