Educar para la libertad

Frente a la crisis, hay que educar de la mano de la esperanza

Profesora: Paola Delbosco

La especialista Paola Delbosco aconseja privilegiar valores como la solidaridad.

Se viven tiempos difíciles. Lo que hoy rodea a los adultos despierta temor, incertidumbre, desconcierto. Los chicos, incluso los más chiquitos, participan de ese clima tenso. Preguntan por los talibanes, el ántrax, los bombardeos, las inundaciones, el desempleo, el riesgo país.

Los padres navegan entre la duda de hablarles crudamente o de ponerle paraguas a la realidad que los circunda, de expresar en voz alta sus frustraciones, o de preservarles su derecho a la esperanza. ¿Cómo se educa en momentos como éste?

«Educar significa ayudar a crecer y a conocer la realidad. Pero ese crecimiento de cara a la realidad debe ser compatible con la vida, si no, no sirve de nada -dice Paola Delbosco, educadora y doctora en Filosofía-. Por eso, en los momentos de crisis, los adultos nos vemos impulsados a buscar con mayor claridad lo que es esencial para la vida: ser buenas personas.»

Nacida en Italia y radicada en la Argentina desde hace 27 años, Delbosco es profesora de la Universidad Católica Argentina, de la Universidad Austral y de la Escuela Diocesana de Catequesis de San Isidro. Su larga trayectoria como docente se enriquece con su experiencia de madre de nueve hijos, de entre 22 y 10 años. Habla, además, seis idiomas.

 

-¿Qué valores hay que privilegiar?

-Son tiempos propicios para la solidaridad, el espíritu de servicio, la austeridad, todos valores y bienes que no se pierden cuando se pierden las comodidades materiales. Estrechar los lazos entre las personas es siempre buen negocio.

Según Delbosco, la evidencia del mal no desmiente la vocación de los seres humanos al bien y a la felicidad. Puede ser que la postergue y que obligue a un compás de espera o a repensar cuál es el bien al que se puede aspirar en forma realista.

«Hoy nos toca una mayor austeridad, un futuro no del todo claro, la experiencia del dolor de muchos -dice-. Es un llamado a ocuparnos más los unos de los otros, a descartar el individualismo y a enfocar la atención sobre las necesidades de los más golpeados por la crisis.»

 

-¿Hay que decirles a los chicos toda la verdad? ¿Hay que transmitirles nuestros miedos, inseguridades, o es mejor tratar de tapar, de suavizar, de relativizar y bajar el tono de los problemas?

-Para crecer es necesario un mínimo de seguridad, sobre todo en la infancia. Por eso, deberemos regular la comunicación de situaciones difíciles según la edad de los hijos. En la medida en que puedan entender más, se podrá explicitar más. Pero será necesario que los padres encuentren siempre alguna posibilidad de salida del atolladero: también eso forma parte de la educación. Si bien se educa de cara a la realidad, hay que hacerlo de la mano de la esperanza. Las personas más realistas son también las que encuentran posibilidades en la adversidad.

 

-¿Cómo?

-Todo obstáculo que uno aprende a superar es una enseñanza preciosa para la vida; nos muestra que somos capaces, que la realidad no es del todo hostil y que intentarlo puede ser exitoso. Cuando se vive una crisis de dimensiones mundiales nos sentimos obligados a explicarles a nuestros hijos qué es el mal y cómo se puede revertir. En ese intento estaremos haciendo un proyecto de un mundo mejor.

 

-Lo que muchas veces prima es un discurso de frustración, de resentimiento. ¿Cómo influye esto en el alma de los jóvenes?

-Los hijos son nuestros espejos; en ellos vemos reflejadas nuestras virtudes y nuestras limitaciones. Por eso educar también es educarnos. Por amor a ellos y para permitirles crecer debemos encontrar un freno para el derrotismo, la amargura, el lamento estéril.

 

-También hace falta estabilidad…

-La estabilidad es el humus necesario para que se desarrolle el equilibrio afectivo de las personas. Por eso, el educador se preocupará por mantener el rumbo con firmeza, aun en los períodos de incertidumbre. Y será útil tener presente que lo más importante en los seres humanos tiene poco que ver con la economía y los vaivenes políticos. No se trata de negar la importancia de esos aspectos de la vida humana, sino de subrayar que siempre queda un espacio para la libertad bien ejercida, aunque sea la libertad interior.

 

-¿Cómo superar la contradicción de hablarles de virtud y bondad a los chicos y jóvenes que ven que su padre honrado se quedó sin empleo, mientras «triunfa» el modelo de los ricos y famosos, no importa a qué precio?

-Hay que educar en el pleno respeto de todas las personas, pero marcando la diferencia entre trabajos que dignifican y otras actividades que no. Debemos rescatar los valores de entereza moral y de hombría de bien, aun cuando no hayan resultado exitosos en lo laboral o lo económico. Las virtudes se deben enseñar en cualquier circunstancia, porque son la garantía de una vida vivida haciendo el bien.

 

-¿Cómo discernir la verdadera profundidad de esta crisis?

-Una pensadora contemporánea, doblemente víctima de la guerra por alemana y por judía, Hannah Arendt, dice que los protagonistas no pueden entender el sentido de la historia que les toca vivir, porque no tienen la necesaria perspectiva. Sin embargo, pueden y deben vivir según principios claros, porque sólo así el juicio histórico -estén del lado justo o del equivocado- los dignificará en su hombría de bien.

 

-¿Qué debemos esperar, de cara al futuro?

-La inseguridad de hoy, la respuesta enloquecida del terrorismo, la escalada del horror de la guerra bacteriológica son las enfermedades del mundo que le estamos entregando a la nueva generación. Algo no se ha hecho bien, evidentemente, para que haya tal desquicio, y a pesar de la Carta de los Derechos Humanos y de las Naciones Unidas. Hay que pensar en un modo más justo de convivencia. Es nuestro compromiso como seres humanos y es nuestra deuda como educadores.

 

María Paola Scarinci de Delbosco

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