Educar para la libertad

Un desafío y una oportunidad

Profesora: Carolina Sánchez Agostini

Febrero suele ser el mes, para las escuelas, de planificar y proyectar el año. Es un momento óptimo para incorporar a la conversación el plan de educación sexual integral (ESI). La ley 26.150 contempla, naturalmente, que la ESI pueda ser adaptada a los valores e ideario específicos de cada institución, de cada familia y estudiante. Asimismo, es importante asumir ciertos parámetros generales, propuestos por los lineamientos internacionales, para garantizar un acceso real y de calidad a la educación. Estos puntos comunes indican que debe ser: científicamente precisa; gradual y adecuada a la etapa del desarrollo; con base en un currículo, los derechos humanos y la igualdad; integral; relevante, adecuada al contexto y capaz de desarrollar las aptitudes necesarias para elecciones saludables.

Su complejidad expresa la magnitud del desafío, más aún considerando que la escuela no es el único ámbito relevante. La cultura mediática, las redes sociales y el ambiente social -tantas veces hipersexualizado y cooptado por un discurso violento- compiten con los valores y las propuestas educativas de la escuela y las familias.

La ESI puede entenderse como una formación brindada por la familia junto con la escuela para promover, a través de información científica y progresiva, con un acompañamiento personalizado, el desarrollo armónico de la sexualidad en todas sus dimensiones -biológica, psicológica, emocional, ética, espiritual y social- para la construcción de vínculos saludables y de un proyecto de vida, el crecimiento de la capacidad de amar y la consecución de la madurez integral de la persona, el bienestar y la salud, tanto propios como de los demás. Todo en un marco de respeto, cuidado y atención de la individualidad de cada persona. Este marco integral supera los reduccionismos de la perspectiva biologicista y ofrece una perspectiva relacional. No deberíamos dejar que disputas ideológicas atentaran contra un derecho fundamental de niños, niñas y adolescentes.

Plantearse una serie de preguntas podría ayudarnos a reflexionar sobre este desafío prioritario que, por más que se debata en el Congreso, la televisión o la plaza, donde se hace realidad es en las escuelas. ¿Entendemos la sexualidad en su multidimensionalidad? ¿Cómo abordamos cada una de estas dimensiones? ¿Cómo podemos lograr un diálogo más abierto?

Si entendemos la educación como una oportunidad de formar personas íntegras: ¿cómo vamos a acompañar a chicos y chicas más de cerca? ¿Cómo trabajaremos con las familias para lograr que en la escuela se continúe con la formación que reciben en casa y viceversa, evitando discursos contradictorios? ¿Cómo capacitaremos a nuestros docentes? ¿Cómo haremos para que los alumnos puedan asumir conductas responsables frente a la sexualidad e integrarla a su proyecto de vida? ¿Qué herramientas podemos darles para que vivan relaciones afectivas plenas y felices, lejos de la violencia y los maltratos? ¿Cómo lograremos que egresen jóvenes con una actitud solidaria y responsable ante la vida?

Tenemos una oportunidad de contribuir a la paz social, a la igualdad entre varones y mujeres, a humanizar las relaciones y a erradicar la violencia. El trabajo conjunto entre familias, escuelas y otras instancias educativas (el club, grupos religiosos, los ámbitos de salud, etc.) ofrece el camino para desarrollar una cultura de respeto, paz y relaciones afectivas saludables.

 

Profesora de la Facultad de Ciencias Biomédicas y de la Escuela de Educación de la Universidad Austral

Por: Carolina Sánchez Agostini
Publicado originalmente en La Nación el 15 Febrero de 2019

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